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09 Ene 2012

El Rincón de Pachico

Érase, que se era, un lugar donde gente de toda edad y condición halló acomodo al amor de la música. A mitad de camino entre la Calle Arriba y la Puntía, en una placita recoleta y amable. Las notas de un piano, los acordes de una guitarra, o el dulce sonido de una armónica, sosegaban el crepúsculo y daban los buenos días a la madrugada.

No fue un bar, ni un pub, ni un mesón. Era, simple y llanamente un sanatorio de almas. Afinadas y felices, unas. Destempladas y mohínas, otras. Un remanso de acogida, donde nadie se sentía incómodo. Solitarios vocacionales, bohemios recalcitrantes, parejas de enamorados, enamorados sin pareja. Hombres y mujeres de heterogéneos perfiles, en busca del abrigo de una vieja canción, nunca olvidada. Y una voz de humo, quebrada a veces, de un juglar sentimental. De un soñador rebelde, que quiso vivir mil vidas. De un personaje de novela, que se puso el mundo por montera, de principio a fin. De un Peter Pan irreductible, que transitó sin complejos por su particular Reino de Nunca Jamás. Tal vez fue la mejor voz en muchas leguas a la redonda. Se llamaba Francisco José Rico Vior: "Pachico"...
En el frontal de la barra, de escayola pintada de negro, cientos de fechas y nombres grabados a punta de punzón, corazones traspasados por dardos anónimos, versos sueltos, firmas ilegibles...
Y en las paredes de aquel templo de la anarquía, con "Pachico" de sumo sacerdote, se daban la mano dibujos, fotos, carteles y un sinfín de exvotos surrealistas, como los que los gentiles ofrecían a sus dioses.
Cuántos amores y desamores ahogados en alcohol. Cuántas lágrimas furtivas, de gozo o de despecho. Cuántas historias fascinantes flotando en aquel cosmos mágico. Cuántos boleros eternos...
Un día, ese cangrejo cabrón que se nos lleva por delante cuando le peta, se le agarró a la garganta. Y al cabo de unos años le ganó la partida. Le costó trabajo, porque "Pachico", retador como él solo, le plantó cara con vino, tabaco y ese punto de desprecio que brillaba en sus ojos negros ante toda suerte de adversidades.
El último verano que nos vimos, ya no podía hablar. Pero me escribió en una libretita frases memorables, que todavía conservo.
Cuando supe por su hermano Luís, que la salud de "Pachico" iba en caída libre, me apresuré a llevar a cabo un viejo proyecto: honrar la memoria de mi amigo y su rincón, mediante una sencilla placa en la fachada de la casa que había albergado tantos momentos irrepetibles.
Me puse manos a la obra y escribí una carta a los munícipes de Vegadeo, rogándoles que mi solicitud fuese tomada en consideración. Pretendía apoyarla con las firmas de los veigueños, locales y foráneos, que lo tuvieran a bien. El tiempo jugaba en contra y a toda velocidad.
La fortuna me echó una mano. Don Jesús Cadavieco Hevia, concejal del ayuntamiento y viejo amigo, se ofreció generosamente a acortar el trámite presentando mi iniciativa a un pleno. Pleno que se celebró en agosto de 2.003 y en el que la moción se aprobó por unanimidad.
A partir de ahí, se abrió la caja de los truenos. Por intereses bastardos, se manipuló de modo artero y ruin mi propósito y, sin comerlo ni beberlo, me vi envuelto en toda suerte de insidias y de puñaladas traperas. Convertido yo en chivo expiatorio, el proyecto, políticamente manoseado hasta la náusea, quedó en dique seco.
Con el reciente cambio de signo político en la corporación municipal de La Vega, el pasado día 1 de noviembre de 2011, me dirigí por escrito a la nueva alcaldesa, pidiéndole respetuosamente que exhumase el "caso Pachico". En la carta, destacaba que, ni yo era portavoz de nadie, ni buscaba protagonismo alguno y que mi participación en el asunto era exclusivamente a título personal. También le señalaba a la señora Calleja, que tenía intención de publicar en este medio, un artículo dedicado a "Pachico". Pero que antes de hacerlo, por cortesía elemental, me había parecido oportuno ponerla en antecedentes.
Como, parece ser que el dueño del inmueble, en su legítimo derecho, no era partidario de que la susodicha placa figurase en su fachada, le apuntaba yo a doña Begoña la posibilidad de colocar el recordatorio en suelo público, en los aledaños del Rincón de Pachico.
Pensaba, ingenuo de mí, que siendo la señora alcaldesa una profesional de la música, tendría una especial sensibilidad hacia encomiendas de esta naturaleza.
Pero hasta hoy, día 10 de enero de 2.012 he obtenido la callada por respuesta. Silencio administrativo.
Dios me libre de pensar que la alcaldesa es una mal educada. Me inclino a colegir que otros motivos de más enjundia la tendrán ocupada "full time", laborando con alma corazón y vida por el bienestar de los veigueños, lo cual la honra. También puede ser que ante la pertinaz crisis que nos atenaza, doña Begoña haya decidido ahorrar en sellos, cosa razonable por otra parte. O quizá carezca de una estructura administrativa de apoyo que le atienda la correspondencia.
Algo parecido me ocurrió con el señor Calvo Sotelo, cuando era alcalde de Castropol. Acababa yo de publicar un librito de relatos cortos y tuve a bien regalar tres ejemplares a cada uno de los ayuntamientos de la ribera del Eo, para sus respectivas bibliotecas. El único regidor que no acusó recibo, fue el hijo de don Leopoldo.
Quiso la casualidad que coincidiésemos una mañana veraniega en "Casa Vicente" y le mostré mi sorpresa por la desatención, en un caballero de tan alto linaje. Me dijo, que efectivamente había recibido mi obsequio, pero que carecía de secretaria de despacho. Sin comentarios...
En determinados mentideros locales, se hizo correr la noticia de que entre Pachico y yo, las relaciones fraternales de antaño, hacía tiempo que habían saltado por los aires y que mi amigo no me podía ni ver. Tengo y retengo infinidad de entrevistas grabadas, fotos, vídeos y manuscritos suyos que acreditan lo contrario. Y no los voy a hacer públicos nunca, por respeto a su memoria. A más de uno y de una, se les iba a quedar cara de poker.
No fui a visitar a "Pachico" en la etapa terminal de su enfermedad, porque me negué a verle degradado. Y estoy seguro de que él tampoco habría querido que le viese en ese estado.
Pero, en cualquier caso, yo quise mucho a Pachico y voy a seguir buscando el modo de rendirle un tributo afectivo y efectivo.
Como está claro que los políticos de los distintos hierros que patronean Vegadeo, miran para otro lado, desde aquí acudo a los ciudadanos.
El próximo día 29 de julio de 2.012, si la memoria no me falla, se cumplen nueve años de su fallecimiento. A las ocho en punto de la tarde, propongo que nos reunamos junto al "Rincón de Pachico" y le oigamos cantar su canción preferida: "My Way". Yo la tengo grabada por él.
Siempre que yo le recriminaba los recurrentes descuidos de su salud, me contestaba con esta frase: "Seis rosas rojas, Colás..."
Tendrás tus seis rosas rojas, "Pachico", el tema de Sinatra que tú recreabas magistralmente y que tantas veces me dedicaste, un minuto de silencio y un aplauso atronador.
Te lo juro, amigo...

"Ante el comentario de Eva Rico, portavoz de los deudos de "Pachico", tan sólo me resta decir que mi única intención fue homenajear la memoria de su padre. Sin más pretensiones de ningún tipo. Como no podría ser de otro modo, respeto su decisión y desconvoco la concentración del día 29 de julio de 2.012. Agradezco a los que apoyaron la iniciativa, su generosidad y hombría de bien. Gracias a todos y saludos muy cordiales."

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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