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18 Feb 2012

La tarula del Soutón

Semanas atrás leí en "La Vega" un delicioso artículo de Carlos Montaña. Y me quedé fascinado ante una crónica tan dulcemente sencilla, valiente, luminosa, certera y magníficamente escrita. "Réquiem por una Tarula", se cuela de puntillas en los entresijos del alma y anima a recordar, con un toque de nostalgia, los tiempos idos.

A revivir, con sabor agridulce, aquel Vegadeo de infancia, adolescencia y mocedad, donde el paisaje y el paisanaje eran tan distintos.

El texto de Carlos, cuyo contenido suscribo de principio a fin, es un prodigio de lucidez analítica y crítica. No me cabe duda de que muchos veigueños desperdigados por geografías próximas y remotas, estarían encantados de paladearlo. Por ello animo al señor Pardo, jefe de pista y batuta de este medio, a que haga las gestiones precisas para reproducirlo en "riadeleo.com" y que vuele por el ciberespacio, para goce de propios y extraños.

Porque Carlos Montaña, no sólo pone el dedo en la llaga, sino que sugiere un buen puñado de reflexiones sociológicas, políticas, éticas y estéticas, que trascienden sin duda al ámbito local.

Un buen número de nativos y arrimados, aprendimos a nadar en aquella piscina natural, doctorándonos con el buceo de un extremo a otro de la tabla. A tirarnos de cabeza en el Pozón, siguiendo los sabios consejos de Michines o de Augusto de La Monada. A disfrutar de aquellas aguas remansadas, frías y vivificadoras del padre Suarón, que atemperaban los rigores estivales. Aguas limpias, en las que no pocos esforzados tritones locales se bañaban, pastilla de jabón "Chimbo" en ristre, en cualquier estación del año. Sobre todo después de los partidos de fútbol. Y algún árbitro, contra su voluntad.

En aquella "tarula", me enseñó mi padre a pescar a cucharilla, con una caña de carrete que me habían traído los Reyes Magos, cuando cumplí diez años. En sus aledaños hacíamos novillos los alumnos y alumnas del Liceo. Y bajo las hojas de los árboles de la ribera, nació más de un romance niño.

Los viejos del lugar, con los calzones remangados hasta las rodillas, sumergían sus piernas varicosas en zonas poco profundas, para que las abundantes sanguijuelas les chupasen la sangre, aliviando sus achaques. Los científicos descubrieron décadas más tarde, que la saliva de estos anélidos acuáticos contiene un poderoso anticoagulante, la hirudina, que además tiene efectos antiinflamatorios. Los abuelos, a buen seguro por tradición oral, controlaban así las molestas varices de sus vetustas pantorrillas.

Y algunos furtivos ocasionales, colocaban al anochecer, en las estacas del muro, aparejos bien cebados para tratar de llevarse al cesto, la trucha mayor del río. ¡Cuántas vivencias felices, individuales y colectivas, en aquel Soutón de antaño...!
Pero, querido Carlos, como tú señalas con tino, el silencio y la mansedumbre cómplices, también se han llevado por delante las piedras de la "tarula". No sólo las riadas. Como tantas otras cosas en La Vega, que sería prolijo enumerar.

Cosa que tampoco debe sorprendernos, porque probablemente los regidores municipales, de distintos hierros y divisas, se afanaron en otros menesteres menos conservacionistas y más rentables...en términos políticos, naturalmente, nadie piense mal.

La "tarula", o la casa de Claudín del Cobo -centro docente de primer orden, en su día- o el mercado de los sábados en el parque, les suena a tedeum funerario, a anacronismo caduco o a demencias seniles de románticos aburridos. Y no digamos, si además los ediles y sus escuderos, son foráneos y proclives al adanismo, que como señala el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, es "el hábito de comenzar una actividad cualquiera, como si nadie la hubiera ejercitado antes".

Hace años que voy a Vegadeo, -desde Castropol, donde suelo pasar la segunda quincena de julio- a primeras horas de la mañana, apenas ha amanecido. Paseo por el pueblo, tratando de recuperar mentalmente los perfiles de tiempos lejanos. Los rincones nunca olvidados. Su personalidad como villa pujante del occidente astur. Vano intento. Regreso a la casita rural de "El Cercado", embargado de una melancolía honda por los paraísos perdidos, recordando un proverbio chino que reza: "no vuelvas nunca a los lugares donde fuiste feliz".

 

 

El disparate urbanístico de mi patria chica, me pone los pelos como escarpias. Los otros pueblos de la ribera, también han sido arrasados sin tasa ni tino por el dios ladrillo. Vegadeo y Ribadeo se llevan la palma y en Castropol y Figueras, se ha abierto la veda. Por acción u omisión, los culpables de semejante desaguisado irreversible, tienen nombre y apellidos. Pero nadie alza la voz. Mutis por el foro."El que se mueva, no sale en la foto", que diría Alfonso Guerra.

Y no es menos lacerante comprobar con estupor, como amigos y vecinos de toda la vida, ni se saludan. La política y sus derivadas vulgares, han contaminado el ecosistema veigueño hasta extremos irrespirables. El insulto o la descalificación son frecuentes monedas de cambio entre los acólitos y palmeros de los distintos partidos. El discrepante pasa a ser sospechoso y el adversario enemigo. Muera quien no piense como yo. Viva el sectarismo.

Decía don Antonio Machado que "en política, como en el arte, los novedosos apedrean a los originales". Esa es la cosa. Con determinados mimbres, no hay dios que haga un canasto.

El despotismo ilustrado es fruto de una indecente claudicación pesebrera, pero el "despotismo deslustrado" es una bajada coral de pantalones y una bofetada al sentido común. Pero como clamaba mi venerado Facundo Cabral, metido en copas, "a mí ya me jode tanto el que pisa, como el que se deja pisar".

En semejante caldo de cultivo, no es nada extraño que Vegadeo haya perdido muchas de sus señas de identidad, al menos las que tú y yo conocimos, Carlitos. Paciencia y barajar, amigo mío. Sin rendirnos nunca, aunque los inquisidores de turno nos encasqueten el capirote en la plaza pública.

Atrás quedan las empanadas compartidas en las lanchas de Meredo o de Fico, camino de las playas de San Román y de El Cañón. La fraternidad de La Gira, con las botas de vino corriendo de mano en mano y los muslos de capón catados en comandita. Las heterogéneas "xuntanzas" en "El Rizo". Las meriendas comunitarias en El Pradín. Las chocolatadas en Fontela. Las tertulias hasta el amanecer, paseando por el Acerón con gentes de todo fuste y jaez, discutiendo de la divino y de lo humano, sin ofender ni ultrajar jamás al oponente. La cordialidad como divisa.

"Tempus fugit", Carlos, pero vamos a tratar sobrevivir sin que nadie nos ponga un bozal. Nobleza obliga. Salud, larga vida y talento para disfrutarla.
Enhorabuena por tu artículo. Un abrazo cariñoso.

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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