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30 Jul 2012

Estos días azules y este sol de la infancia...

El verso que encabeza este artículo, el último de don Antonio Machado, fue encontrado en un bolsillo de su viejo y raído abrigo en la habitación del hotel Bougnol-Quintana en Colliure, (Francia), donde murió el 22 de febrero de 1939. Al día siguiente de su entierro, llegaba una carta de la Universidad de Cambridge, ofreciéndole un puesto en su Rectorado. Había huido de España, cuando la toma de Barcelona por las tropas de Franco era inminente.


Algunos estudiosos de su obra y su figura, aseguran que lo mató la pena. "Post mortem", fue expulsado de su cátedra por los vencedores de la guerra. No se puede ser más miserable...
Decía Rainer María Rilke, que "la verdadera patria del hombre, es su infancia". Ernesto Sábato sentenciaba que, "lo esencial en la obra de un creador, sale de alguna obsesión de su infancia". Y nuestro entrañable juglar Joan Manuel Serrat, canta : "erem quatre trinxeraires /no sabiem gaire/ de les llágrimes que fan que volti el mon/ anávem entrant a la vida/ mai una mentida/ no ens calia i res no ens robava la son... Traducido al castellano: "éramos cuatro golfillos/ no sabíamos mucho de las lágrimas que hacen que de vueltas el mundo/ íbamos entrando en la vida/ nunca una mentira/ nos hacía falta y nada nos quitaba el sueño...". La infancia como referente, la infancia como refugio. Siempre la infancia en la mochila...
Ayer por la tarde, a la sombra de un arce en el jardín de casa, con una copa de ribeiro frío en la mano y una ración caliente de nostalgia sobre el velador, huí de los rigores estivales del secarral toledano y volé a aquellos veranos veigueños de hace más de cincuenta años.
Nuestra playa cotidiana entonces, era El Pradín, en la ribera del Eo, carretera de Asturias adelante, cerca del desvío a Seares. Hasta allí caminábamos, merienda en ristre, en busca de la pleamar. Los pequeños, con algún adulto que les tutelase. Los mayores, a su aire.
En El Pradín, se congregaba una nutrida punta de parroquianos. Algunos se bañaban. Otros pescaban cangrejos para el arroz. Más de un viejo verde oteaba, codicioso, la estética anatómica de las mozas más lozanas. Todos en armonía.
En los rudimentarios reteles caseros, el cebo solía ser de cabezas de pescado, caracoles grandes o despojos del matadero. Tras el pertinente remojón, se compartían no pocas viandas domésticas.
Los más arriscados tritones, nadaban hasta El Barco del Cura, aquella isla próxima a los juncales del llano de Reme, donde yacía el esqueleto de un viejo barco, y volvían como si tal cosa. En estos ires y venires acuáticos, Concha la del Barrés, que en paz descanse, estuvo a punto de ahogarse. Unos calambres en las piernas, le impedían flotar y tuvo que pedir auxilio. Le salvó la vida Manolo "Renres", que como un delfín poderoso, bajaba braceando desde el Puente de Porto. El susto fue morrocotudo.
Al caer la tarde, la anárquica grey regresaba a La Vega con el cuerpo rendido y el alma en paz.
El Soutón, el muelle de Los Caleros y el del aserradero don Domingo Vijande, también eran frecuentados por los más remisos a caminar los cuatro o cinco kilómetros de ida y vuelta al Pradín.
Los domingos y festivos, las lanchas de Fico y de Meredo, cargadas de bañistas de proa a popa, nos llevaban ría abajo hasta las playas de Figueras. La impedimenta de cada familia, cubos, palas, flotadores, empanadas, tortillas, filetes y botas de vino, hacía particularmente espectacular la excursión, pero sobre todo, el desembarco.
La arribada a las arenas de San Román o El Cañón, siempre vista como una invasión bárbara por los nativos, -que nos llamaban "canouros"-, no tenía desperdicio.
Con semejante equipaje a cuestas, los equilibrios para pisar tierra firme, bajando por un recio tablón, a modo de rústica pasarela desnivelada y resbaladiza, jamás defraudaron a la concurrencia. Las más regocijantes costaladas que imaginarse pueda, dieron con el esqueleto en el agua de más de un infortunado, entre las risas contenidas de los mayores y las carcajadas inocentes, pero crueles, de los niños.
Pendientes de las mareas, al ponerse el sol, con la piel como un centollo cocido y el salitre en cada poro, retornábamos a Vegadeo. Y cada mochuelo a su olivo.
Aquellas expediciones playeras, siempre inolvidables, tenían otras variables no menos atractivas y sugerentes. Veamos.
Una: coche de línea a Ribadeo, en tercera clase, es decir en unos bancos de madera atornillados en el techo del autobús. No habían transcurrido los primeros kilómetros cuando el alboroto y el jolgorio en el peculiar altillo, subían de tono en progresión geométrica. Como terapia de choque, el conductor acercaba -con malévolas intenciones- el vehículo a la cuneta. Las ramas de los árboles y los "gamallazos" inevitables nos zurraban la badana a modo, hasta que el levantisco pasaje se amansaba. Cruzábamos la ría en las lanchas de pasaje de Ricardín o de Paulino y al agua patos.
Dos: Camioneta de Pepe "El Cohete", a San Miguel de Reinante o Los Castros, por un módico precio. Aquellas playas a mar abierto, eran otro cantar. Las olas y los hoyos profundos las hacían peligrosas. Algún audaz se llevó el susto de su vida al verse envuelto en un remolino traidor.
Tres: en bicicleta, propia o alquilada, pedaleando a tumba abierta hasta Fontela, en Castropol. Entre los pinos, concluido el chapuzón, el bocadillo de tortilla sabía a gloria.
En agosto, puntualmente, regresaban al pueblo los emigrantes. Vegadeo se esponjaba y crecía feliz con el retorno de sus hijos ausentes. Unos venían de Barcelona, de Avilés o de Madrid. Otros, de cualquier país de Europa. Llegaban radiantes, a compartir con los suyos, sin tasa ni tino, su progreso vital. Su victoria personal en aquella España autárquica y deprimida.
En llegando las Fiestas del Quince, la Banda de Vidal recorría el pueblo de punta a cabo, despertando al vecindario con sus pasacalles, no siempre afinados, pero alegres a más no poder. Los Quirotelvos templaban sus gaitas por todos los rincones. Y el cielo estallaba alborozado con las bombas de palenque de cien pesetas la docena.
El Día Grande, los hombres más fornidos portaban las andas de La Patrona, de San Roque, o de la Virgen del Carmen, sin desfallecer ni un segundo. Con gestos emocionados y solemnes. Cuando la procesión salía de la iglesia, sonaba la Marcha Real. Mil lágrimas furtivas corrían por las mejillas y la emoción atenazaba las gargantas. Las campanas de la iglesia, volteadas por los mozos más recios, tañían su homenaje a los cuatro vientos. Y las oraciones por los seres queridos, ausentes para siempre, brotaban discretas desde lo más hondo de los corazones.
Las verbenas populares, la ferias de ganado, el Descenso del Eo, La Gira...
Tiempo de despedidas, abrazos y emociones contenidas, cuando agosto tocaba a su fin. Tiempo de proyectos y promesas. Rumores de rezos y gratitudes. De ruegos de perdón y misericordia. Liturgias y ritos ancestrales...
Luego el silencio y la dulce rutina, cuando el último veraneante partía rumbo al futuro incierto.
¡Qué lejos y qué cerca "aquellos días azules y aquel sol de la infancia"...!

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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