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revista g

14 Nov 2010

Ciudadano Ratzinger

Insigne Pastor. Hace unos días estuvo su señoría en España, dándole una vuelta al rebaño, en Santiago de Compostela y Barcelona. No tendría yo nada que objetar, si en ambas visitas se hubiese circunscrito al ámbito de sus competencias.


Pero como a mi juicio ha sacado usted los pies más allá de donde tapa la manta, desde mi condición de agnóstico y de hombre libre, quiero manifestarle mi más absoluta repulsa a sus incursiones fustigadoras en rediles que le son ajenos. Vaya por delante mi profundo respeto a los creyentes de todas las religiones habidas y por haber. Pero en justa correspondencia, exijo reciprocidad. Como no ha sido así, heme aquí para refutarle. De modo civilizado, pero contundente.

O bien no se ha leído usted la Constitución Española de 1978, o se la ha pasado por el sacrosanto arco de triunfo. Y por ahí vamos mal, señor mío. Porque cuestionar de modo tácito o explícito los principios normativos que todos los españoles nos hemos dado libre y democráticamente, es una provocación inadmisible. Tal vez los conceptos de libertad y democracia le suenen a chino, porque no parece que en el Vaticano sean ustedes muy proclives a tales doctrinas y facultades. Y aunque tenga vuesa merced línea directa con el Espíritu Santo, que le ilumina con el don de la infalibilidad, ello no le da patente de corso para mezclar a su antojo el culo con las témporas. Si en su reino celestial se salta usía los semáforos cuando le place, en las autopistas terrenales hay que respetar las señales de tráfico, so pena de dejarse los dientes en el salpicadero. Es una lástima que, junto a ese valioso códice del siglo XI que le regaló el Jefe del Estado, no le hubiese adjuntado un ejemplar de nuestra Carta Magna, encuadernada en rústico.

Aparte de las labores pastorales con sus fieles, ha venido usted a regañar a los infieles, entre los que venturosamente me cuento. Y como la excursión se la pagamos entre todos, por ahí no paso caballero. El aborto, el divorcio, los matrimonios homosexuales y docena y media de menudencias más, son leyes aprobadas en el Parlamento de España. Ni usted, ni la Santísima Trinidad tienen derecho a demonizarlas, salvo entre sus correligionarios. Yo comprendo que lo de la laicidad, la aconfesionalidad y el albedrío espiritual le estropeen el negocio y eso le altere el soma. Que le perturbe el ánimo, que se le den de baja miles de acólitos, que haya convocado en su periplo menos personal cantarín que un Madrid-Barsa, y que el teólogo Jon Sobrino proclame a los cuatro vientos que "el poder eclesiástico ha traicionado a Jesús"...A lo mejor tiene usted, con su purpurado estado mayor, algo que ver, ¿no? O algunas minucias colaterales como la pederastia, el sectarismo, la hipocresía, la corrupción y el machismo medieval.

La prohibición a su grey del uso del preservativo, merece un capítulo aparte. A mí me parece un irresponsable atentado contra la salud pública. Por aquello del S.I.D.A. vamos, que está diezmando los países más pobres del orbe, mientras que usted mira para otro lado y contraviene sin ruborizarse las recomendaciones universales de la Organización Mundial de la Salud. A este paso se les va a poner el cielo de bote en bote, excelso mayoral. Eso sí, con las almas de los desarrapados de este valle de lágrimas. Y como decía el bolero de Machín, van a tener que "pintar angelitos negros" en todos los lienzos del edén, ampliar la pinacoteca celestial y colgar el cartel de "no hay entradas".

Lo de comparar el anticlericalismo de la España actual con el de los años treinta del siglo pasado es una ignominia, mosén. Y olvidar el papelón de la iglesia en la Cruzada de Franco y en la posguerra sangrienta, una vergüenza.

No obstante, Sumo Pontífice, no se ha ido usted de rositas. Ha paralizado la Ley de Libertad Religiosa, ha conseguido ampliar los voluntarios estipendios en la declaración de la renta, y de paso -Concordato habemus-, mantener la generosa financiación estatal a la institución que sabiamente patronea. No está nada mal, Vicediós...

La mayor parte de los noticiarios del país, celebraron su llegada, calificándole como un peregrino más. ¡Menudo sarcasmo!. No le vi yo como mochilero, oiga. Aunque a lo mejor el darse una vueltecita de esa guisa, por Haití, El Congo, o Mauritania le vendría como anillo al dedo. Seguro que en esos países hallaría usted un nada desdeñable caladero de devotos de lo suyo. Anímese, hombre.

Tras la Revolución Francesa, cultísimo jerarca, la condición de súbdito fue borrada del mapa por el pueblo llano. Aunque algunos todavía no se hayan enterado, ciudadano Ratzinger.

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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