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revista g

26 May 2010

Don José el cura

En el retablillo de caricaturas de Luís de Eulogio, que una a una irán apareciendo en este medio si el destino no lo impide, hoy le toca comparecer a don José Rodríguez, sacerdote omnipresente durante décadas en el plácido discurrir del día a día veigueño, allá por la primera y parte de la segunda mitad del siglo XX.

Don José el cura, hombre ocupado y preocupado por la cultura y la historia de los pueblos de las riberas del Eo, era un ilustrado de la época. O al menos él estaba convencido de semejante condición intelectual. Colaborador habitual en los periódicos comarcales, investigó la vida y milagros de los personajes públicos de la zona, incurriendo con especial complacencia en las biografías de los próceres del territorio asturgalaico. También hizo sus pinitos en el campo de la sociología y la antropología de andar por casa. Don José fue actor de reparto en todos y cada uno de los eventos instructivos del Vegadeo de aquellos tiempos. Claro que por su egolatría patológica, en sus peroratas interminables siempre acababa hablando de sí mismo y no era nada fácil sujetar al respetable para que no se produjesen deserciones en masa. No era difícil contar con su erudita colaboración, lo difícil era hacerle callar. Que se lo pregunten a Isabel Reguera. Fue profesor de Religión en el Liceo de la Abraira y por sus docto magisterio pasamos varias generaciones de sufridos parroquianos. El mosén, que en gloria esté, aburría a las cabras, dicho sea sin ánimo de zaherir. Y más de un discente aprovechaba sus evangélicos coñazos para echar una cabezadita reparadora. No obstante hay que destacar que sus misas eran breves, apenas sermoneaba. Tal vez porque su tartamudez se le agudizaba en las tareas pastorales, o quizá por que con el pueblo llano tendía a hacer faenas de aliño. Los niños acudíamos solícitos a besar su mano cuando lo encontrábamos por la calle, momento en que don José aprovechaba para exorcizar los demonios infantiles con un golpe de su inseparable bastón en los hombros y en la cabeza del penitente. En el confesionario (o confesonario, que tanto monta), imponía unas penitencias temerosas de rosarios y misas. Por lo que la clientela juvenil fintaba de cintura y huía al de don Modesto, el párroco, que era bastante menos riguroso con los pecados infantiles. Si no me falla la memoria, don José había nacido en Figueras, aunque su amor subconsciente lo tenía anclado en Ribadeo. La última vez que lo vi, ya muy mayor, no me reconoció. Pero sí se acordaba de mi abuela, que los domingos tras la misa de ocho le invitaba a desayunar huevos fritos con jamón, tostadas y un cuartillo de vino del Rizo. Que los dioses sean indulgentes con su espíritu, don José...

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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