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revista g

25 Ago 2010

Monteavaro

Podría escribir un ensayo apasionado sobre este castropolense señero y su colosal ingenio. Pero no teman, voy a limitarme a una aproximación modesta a su inabarcable universo personal.
Abogado de profesión, fue conocido y celebrado en todo el occidente astur y el oriente gallego, no sólo por su condición de Procurador de los Tribunales, sino por su incomparable gracia, su fantástica agilidad mental y su agudo y exclusivo sentido del humor.

Monteavaro, era esencialmente un transgresor bonancible. Un surrealista luminoso. Un relampagueante malabarista del absurdo. Pero también un ser humano extremadamente sensible, de lágrima fácil cuando le embargaba la nostalgia y el recuerdo de los seres idos.

En inolvidables ocasiones, tuve el placer de disfrutar de sus genialidades, en comandita con Egidio, Pepe Trallero, Luis de Eulogio y Juan Amor, en "Casa Vicente", cuando el estupendo restaurante actual era una taberna con comedor, donde se degustaba -entre otras muchas delicias para el paladar -el mejor de los corderos en bastantes millas a la redonda. Precisamente en aquel templo rural de la gastronomía tradicional, que durante muchos años tuvo servicio de barra con suculentas raciones y pinchos variados, llegó un matrimonio de franceses con intención de reponer fuerzas en su periplo norteño. Era la una y media de la tarde de un día laborable y el establecimiento estaba lleno de parroquianos tomando el aperitivo. Sorprendidos los turistas por semejante afluencia, preguntaron si era jornada festiva en la localidad. Montevaro tomó las riendas de la situación y mediante un desternillante discurso, explicó a los gabachos que aquella era una jornada normal, pero que en la zona no trabajaba nadie, más que lo imprescindible para sobrevivir. Y se arrancó a dictar una memorable conferencia sobre el hedonismo y la brevedad de la vida. Los viajeros, que no salían de su asombro, tras saciar su apetito, reiniciaron su viaje con los ojos como platos y los pelos como escarpias.

Mi padre, Luís de Eulogio, me contó otro glorioso discurso de Monteavaro, en un baile de gala en el casino de Luarca, donde, aprovechando un leve descanso de la orquesta, subió al escenario y sentó cátedra, cosechando una ovación cerrada de todos los asistentes. El discurso en aquella ocasión, trufado de frases en latín, culminó con una bendición urbi et orbe y un rotundo epílogo: "¡A la mierda, señores...!".

Pero el recuerdo personal más entrañable que guardo de Rafael Monteavaro, data de la segunda mitad de los años sesenta del lejano 1900. Un sábado de invierno, aquel grupo musical del que tuve el honor de formar parte con Luís, Pachico y Pepe Vidal, o sea "Los Estoicos", iba a tocar en sesión de tarde-noche en el salón trasero de la cafetería de Eladio Cancio, "Leandrín". Pacho y yo acudimos al lugar con antelación para probar el sonido y repasar alguna canción en soledad y sin agobios. De pronto apareció Monteavaro, que los sábados de feria atendía en consulta a los lugareños que lo requerían. Había comido en aquel templo del buen yantar que fue siempre "La Bilbaína" y tras larga tertulia de cafés y copas, puro incluido, al oír las guitarras, se unió a nosotros para recordar algunas canciones de su juventud. Y allí tocamos en fraternal trío, "Piel Canela", "Reloj", "Angelitos Negros", "Garufa", "Caminito", "La Hiedra"...
Pachico cantando "La Hiedra" (para oir pulsa play)

Concluyó el festejo privado con unos poemas de Rubén Darío, dramatizados con maestría por un emocionado Monteavaro, que con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, nos dedicó a corazón abierto.

Poco antes de comenzar la actuación, le pedimos a Concha "La Francesa", inolvidable taxista veigueña, que llevase a Rafael a Castropol, no sin antes fundirnos los tres en un sentido abrazo.
Que los dioses lo acojan en su seno.

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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