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revista g

14 Oct 2010

Julito

Julio Vijande Vázquez es, sin duda alguna, un referente imprescindible en la historia del fútbol veigueño. Los que tuvimos el privilegio de verle jugar, somos unos afortunados.


En el campo desplegaba -en perfecta armonía- inteligencia, valor, técnica, clase, casta y un peculiar instinto para adivinar la estrategia del adversario. Noble, incapaz de marrullería alguna, limpio, elegante, preciso y con unas facultades físicas nada frecuentes. Tenía un envidiable toque de balón, corría como un pura sangre árabe, con zancada larga y aceleración de guepardo. De cabeza, era un espectáculo verle defender el área o rematar en la puerta contraria. Los delanteros de todos los equipos se desesperaban ante la seguridad y la contundencia de Julio en todos los terrenos de la cancha.

Un verano cualquiera, a un "cazatalentos" del Sevilla, le fascinaron las aptitudes y destrezas de aquel joven central del Vegadeo F.C. Y el equipo andaluz, ya entonces en primera división, quiso ficharle. Pero a su padre, don Domingo, no le pareció oportuno que se embarcase en semejante aventura y Julio se quedó en casa...
Como Luís de Eulogio era un fervoroso devoto del futbolista y además amigo de su progenitor, montó en cólera ante la negativa. Recuerdo con total nitidez una discusión al respecto entre ambos pater familias, en la terraza del bar Asturias, un festivo a la salida de misa de doce. Discusión de guante blanco en sus inicios, que casi acaba como el rosario de la aurora. Y aunque la sangre no llegó al río, nuestros mayores, ambos tendentes a la visceralidad, estuvieron largo tiempo revirados.
Pero si Julio Vijande, como deportista era un lujo, como persona no lo era menos. No lo es menos. Tímido, pero extremadamente amable, culto, cordial y próximo. De ideas claras y convicciones firmes. Entre otras cosas, fue concejal de Vegadeo un montón de años, en los tiempos (¡ay!) en que no existían los políticos profesionales y el compromiso de servir a los ciudadanos era un ejercicio de altruismo puro y duro. Como ahora, vamos...
Claro que el mapa genético de los Vijande Vázquez, presenta un perfil luminoso. Cada uno con sus señas de identidad, los cuatro son ingeniosos, rápidos, con un peculiar sentido del humor, un factor verbal demoledor y una cabeza excepcionalmente amueblada.
Pero como la objetividad no existe, sin demérito de los otros tres, el que se sale del gráfico es Manolo. Mi entrañable amigo Manolín, ese sabio del Fondrigo, que remansa sus afanes en su casa de La Pandela cuando su agenda le deja respirar.
Ya de niño, apuntaba maneras de superdotado. De tal modo que su primo José Mª López Vijande, alias "Chicho", lo bautizó como "Salomín", porque Salomón sonaba a persona mayor. Siendo un tierno mozalbete, se alzó con el prestigioso Premio Holanda para jóvenes investigadores. Y ahí empezó una trayectoria impresionante en el campo del saber científico.
Yo fui testigo de excepción de aquella primera genialidad. Y modestísimo colaborador, aunque, por mi natural modestia, nunca lo puse en el currículum. Tras arduos esfuerzos y no pocas carnicerías, Manolo consiguió trasplantar a unos sufridos tritones, más patas de las que la madre naturaleza les había dado y lograr que las nuevas extremidades se moviesen como si los bichitos hubiesen nacido con ellas. Mi aportación consistió en permitirle a Manolo que usufructuase la bañera de mi habitación de educador en el Colegio Menor "Menéndez Pidal" de Oviedo, donde (de tapadillo, naturalmente) nadaban felices los susodichos tritones, ajenos a las intenciones descuartizadoras de Manolín. Excusado sea decir el cristo que se montaba para usar la ducha y trasladar transitoriamente a los escurridizos batracios a un cubo de plástico. Desde entonces, la trayectoria profesional del actual catedrático de la Facultad de Medicina ovetense, lanzada en progresión geométrica, requeriría muchos folios para pormenorizarla.
Pero contra lo que pueda parecer, Manolo Vijande jamás fue un empollón. Hizo dos o tres carreras de modo simultáneo, pero sin renunciar en absoluto a los usos y costumbres galantes, ni a las juergas universitarias, ni a las transgresiones de tono menor. Incluso le quedaba tiempo para instruirnos a Josito y a mí (ambos suspensos en Biología) sobre la vida y milagros de las amebas y los paramecios. Guardo cientos de recuerdos amables de aquellos años felices, en que la centramina y el tropocer nos ayudaban a despejar las noches previas a los exámenes. Bueno, a unos más que a otros, porque Manolo, adecuadamente tropocerizado, se echaba "un ratito sólo" en la litera y me encargaba de modo recurrente que lo despertase a una hora concreta. Vano intento. Jamás lo conseguí. Dormía como una marmota con y sin fármacos.
No obstante, como andaba sobrado de materia gris, sus notas siempre fueron una impertinencia académica. En las idas y venidas de la residencia a clase y de clase a la residencia, en aquellos húmedos y fríos inviernos asturianos, Manolo y yo, ateridos, compartíamos -entre otros- un sueño imposible en aquellas calendas: comprarnos algún día "un abriguín". Me consta que él tiene varios. Yo ya he desistido...

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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