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revista g

16 Dic 2010

Ariño

Don José Ariño Caralps es uno de esos personajes peculiares que se inscriben por derecho propio en la pequeña gran historia de los pueblos. En su memoria colectiva. En sus señas de identidad. Sin renunciar nunca a su catalanidad, fue un veigueño ejemplar que se comprometió sin reservas en el desarrollo sociocultural y económico de La Vega.


Un precursor, un soñador, un ciudadano capaz de apasionarse por un proyecto de progreso global en la comarca, convencido de que era posible diseñar un futuro próspero y dinámico en el Vegadeo mágico de los años sesenta del pasado siglo.
Cómo no recordar aquel hallazgo genial de los torneos de fútbol infantil, donde Ariño logró concitar las inquietudes deportivas de los niños de entonces, hoy sesentones, que vestimos con emocionado orgullo las camisetas de nuestro barrio. Los encuentros inolvidables entre Miou y Piantón, o La Galea y El Palacio, que congregaban a vecinos y familiares que acudían al Soutón a animar a sus vástagos con ardorosa devoción. El vivero abigarrado de ilusionados infantes, que tratábamos de emular a nuestros ídolos del Vegadeo F.C., Mosqueira, Pascasio, Fernando, Tomás, Delgado... y que no tenía nada que envidiar -salvando las naturales distancias y en edición modesta- a la gijonesa escuela de Mareo o la actual Masía del Barsa.

 


Cómo no evocar con profunda gratitud el impulso intelectual que supuso la Casa de la Cultura, con su excelente y confortable biblioteca, gobernada con mano maestra por Paco el Pinolo, copartícipe imprescindible en aquella aventura civilizadora. El cine-club, que abrió una desconocida vía de participación colectiva en un foro libre de opinión. Que nos enseñó a escuchar y a respetar al discrepante. Que acogió los sesudos debates -apasionados y apasionantes- de pensadores locales de distintos hierros políticos en pleno franquismo.
Cómo no rememorar los variados ciclos de conferencias interdisciplinares, en los que los más ilustrados de la parroquia ofrecían a sus convecinos el fruto de sus ensayos. O los cursos de inglés para adultos, que el propio Ariño impartía por las tardes, cuando concluía la jornada laboral. O las exposiciones, o los grupos de teatro, o los actos académicos de Santo Tomás de Aquino, donde debutamos nerviosos y desasosegados una larga nómina de zagales de tallo verde como Eustaquio Lago, Miguel Cancio, Juanito Seijo y yo mismo, bajo la sabia batuta de Isabel Reguera y la omnipresencia invasiva del pelma de don José el cura.
Infatigable siempre, con una sonrisa amplia y una palabra amable, Ariño dinamizó y encauzó un sinfín de iniciativas ciudadanas, sin medir nunca ni tiempos ni esfuerzos. Como alcalde de Vegadeo, dio lo mejor de sí mismo para mejorar el municipio, con la misma generosidad y dedicación de la que hizo gala a lo largo de toda su vida.

 


Ariño era además un hombre culto, poliédrico, un experto en micología, un matemático notable y un gran conocedor de la segunda Gran Guerra europea, sus antecedentes y sus consecuentes. Si la memoria no me juega una mala pasada, creo recordar que Ariño fue agregado cultural en la embajada sueca durante el demoledor conflicto mundial.
Le acompañé en varias ocasiones a recolectar robellones, níscalos o mízcalos -que tanto tiene- por los pinares de la contornada, con las primeras lluvias de otoño. Una receta suya de este jugoso hongo comestible, a la plancha, con taquitos de jamón, ajo picado, sal y aceite de oliva, es de obligado cumplimiento en mi cocina toledana cuando las primeras brumas de noviembre asoman por el jardín. Claro que en vez de regar el manjar con vino del Penedés, como Ariño me recomendaba, descorcho un gran reserva de Valdepeñas, rubí cubierto con tonos terracota y cereza madura. Intenso en nariz con aromas de frutas rojas, especias y vainilla. En la boca, potente y sabroso, con un final largo de roble y taninos pulidos. Luego enciendo un habano "González Márquez", de tamaño medio, elaborado a mano por las manos expertas de las torcedoras cubanas y dejo volar la nostalgia por los campos luminosos de los tiempos idos. Mano de santo.
Don José Ariño era un vitalista vocacional, un hedonista moderado, un amenísimo conversador, con un fino sentido del humor, un exponente claro del "seny" catalán pata negra. Forma parte de ese retablo de personajes inolvidables que gravitaron en el Vegadeo de mi infancia, adolescencia y primera mocedad. Le recuerdo con enorme simpatía y singular afecto.
Con su hijo José Ramón, periodista de raza, casta y trapío de "El País", he coincidido de higos a brevas en la playa de Arnao, mientras mojábamos nuestras abundancias en las aguas frías de la deliciosa y doméstica cala ribereña. Hablamos el mismo lenguaje y compartimos una particular e inconfesable "Agenda de Indeseables". Echamos unas risas, recordamos a sor Inés, y nos despedimos como si fuésemos a vernos al día siguiente. A sus hermanos Jorge y Juan Miguel, les he perdido la pista. Cuarenta años largos fuera de Vegadeo pasan factura. En esta caricatura de Luís de Eulogio, don José Ariño Caralps, con su inseparable puro y sus ojos saltones de tanto visualizar sueños, me retrotrae a los momentos en los que fui muy feliz, en mi ecosistema esencial y entre mi gente de entonces...

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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