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revista g

25 Feb 2011

Don Modesto

Esta caricatura de Luís de Eulogio, fechada en 1948, me acerca a uno de los sacerdotes emblemáticos de aquel Vegadeo entrañable de mi infancia y adolescencia. Don Modesto fue el párroco del pueblo, en los años cuarenta y cincuenta cumplidos del pasado siglo.


En aquellas calendas ofició en bautizos, comuniones, confirmaciones, bodas, y entierros como "primus inter pares" indiscutible. Por su confesonario pasamos miles de penitentes a restaurar nuestras zaheridas y maltrechas conciencias, que la moral al uso atenazaba sin misericordia alguna. Como recordarán mis coetáneos, casi todo era pecado entonces. Confesar con él era más llevadero que hacerlo con otros clérigos, de cuyo nombre no quiero acordarme. Porque don Modesto apenas interrogaba sobre los pormenores íntimos de nuestras transgresiones en el ámbito del sexto y noveno mandamientos. Al contrario que determinados sacerdotes locales que sometían a la feligresía a un tercer grado policial, cualificando y cuantificando nuestras flaquezas sexuales con patológico morbo inquisitorial. En sus prescripciones de penitencia era benevolente si estaba de buen humor o la fila de demandantes era abultada. En caso contrario, reñía a voz en cuello y endosaba misas, rosarios y novenas por un quítame allá esas pajas, dicho sea sin segundas intenciones, no sean ustedes perversos, coño. Por ello era prudente preguntar a los predecesores el estado de ánimo del mosén, antes de dar un sacramental triple salto mortal sin red.
Extremadamente aficionado a jugar a la garrafina, no era nada aconsejable requerir sus servicios pastorales cuando había perdido la partida. Hombre de carácter fuerte, tenía un sentido del humor racheado y tornadizo. Con Luís de Eulogio tuvo un rifirrafe memorable, que paso a referirles. Mi madre nos había hecho, a mi hermana y a mí, unos primorosos pantalones marineros para ser estrenados en fecha señalada. Eran de color azul claro y tenían un precioso barquito velero bordado en el peto. De esta guisa, un domingo soleado y primaveral, María Luisa y yo nos dimos de manos a boca con don Modesto, que paseaba por el parque leyendo un breviario. El que una niña llevase pantalones entonces, estaba muy mal visto por los inspectores de la moral tridentina, tan frecuentes en el ecosistema veigueño. Don Modesto regañó a mi sorprendida hermana por su atuendo y le recomendó que se pusiese cuanto antes unas femeninas faldas. El sucedido llegó de primera mano a oídos de Luís de Eulogio, que con su proverbial visceralidad fue al encuentro del cura. Y entre frases surtidas de alto voltaje, le demostró de modo palmario que, salvo error u omisión, las faldas permitían un mejor y mayor acceso visual a la lencería de las tiernas damiselas, que unos varoniles pantalones. Remató la faena argumentando que "salvo que a usted le guste ver las bragas de las niñas", los pantalones son de lo más recatado, cómodo y oportuno.
Si se fijan, amables lectores, en la presente caricatura don Modesto lleva bajo el brazo "El Pueblo", diario nacional del que el sacerdote era devoto lector. Luís de Eulogio, con traviesa ironía y doble lenguaje, usa el dibujo para transmitir al observador que lo de "el pueblo bajo el brazo", era un elemento descriptivo revelador del mando en plaza que don Modesto ejercía en Vegadeo "manu militari".
Decían las malas lenguas, que el párroco preparaba con riguroso esmero los sermones de las misas solemnes. Y que antes de salir a escena se motivaba con generosos latigazos de anís de guindas. Infundios, sin duda, malintencionados. Pero lo cierto es que en tales ocasiones, don Modesto subía al púlpito con tono bravío y contundente; y sus prédicas jupiterinas e interminables agotaban al devoto auditorio. De todos es sabido que un sermón breve y sentido, mueve los corazones. Y que un sermón largo y tedioso mueve los culos. Quizá por ello, era habitual que multitud de parroquianos saliesen a fumar mientras don Modesto fustigaba al personal pecador de todas las latitudes y longitudes. Con la calificación moral de las películas, era absolutamente implacable. De tal modo que las "toleradas" quedaban prácticamente reducidas a las de Cantinflas y poco más.
No obstante, don Modesto fue un cura muy querido en Vegadeo. Las lenguas bífidas de algunos meapilas locales, hicieron llegar al Arzobispado de Oviedo quejas recurrentes y malvadas sobre sus presuntas relaciones afectivas con una entrañable dama del lugar. Y el bueno de don Modesto hubo de partir exiliado a Pola de Siero, donde varias excursiones de veigueños se desplazaron durante años para testimoniarle su afecto el día de su onomástica. Descanse en paz.

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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